domingo, julio 27, 2008

Quédate

-Por favor, quédate- dije llorando, mientras cubría mis senos con la almohada, pero él ya no escuchaba; hacía mucho que no escuchaba. Se levantó y se quedó ahí, de pie y desnudo entre la cama y la puerta. Parecía como si estuviera buscando en el aire una nota musical olvidada, ya no quería escucharme; eso era todo.
-¿Por favor?- me sentí preguntar sin querer.
-Ya no podemos seguir con esto, ya no más, ya no; estoy dañando a la gente que me ama- dijo como si no se dirigiera a nadie.
-Pero me estás haciendo daño a mí, y yo te amo, quédate conmigo, no te vayas- se me notaba la desesperación en la voz, y aunque yo no quisiera sonaba ridícula, como uno de esos personajes de novelas rosa. -te lo ruego, ¿quieres que me arrodille?- pregunté, mientras dejaba a la almohada rebotar sordamente en el suelo y me dejaba a mí caer de rodillas, llorando como una niña. -mira, te lo estoy rogando.
-No hagas esto- dijo.
-Tú, no hagas esto- dije simplemente para sentirme mejor, no puedes simplemente tomarme y largarte, tú me amas, sino no me habrías hecho el amor: amor, amar- razoné estúpidamente -si me hiciste el amor, es porque me amas ¿cierto?
-Todo esto es tan absurdo- concretó, él sí, maduramente -como si realmente importara si lo hice con amor o sin él, simplemente lo hicimos y sanseacabó. No hay más vueltas que darle; y sí, lo hemos hecho tantas veces; y sí de nuevo, hemos disfrutado cada uno de nuestros encuentros, pero ya no más.
-O sea que no soy, ni fui nunca alguien importante para ti ¡sólo la que te la chupa!- grité enfurecida, -¡la puta que te la chupa!- y sentía la calidez de las lágrimas bañando mi rostro y luego mis senos. Sollozaba incontrolablemente y mis hombros se convulsionaban con cada acceso de llanto, mientras él seguía ahí, en la misma posición dándome las espaldas.
-Cállate que te van a oír- siseó. -cállate.
-¡Pégame!- volví a gritar -¡pégame como a la puta que soy!- entonces se volvió y lo que vi en su rostro no fue odio ni rabia, como yo esperaba, sino compasión, una compasión que me dolió más que cualquier golpe que pudo haberme dado.
-Me das lástima- soltó, como si fuera una cachetada -yo sé que la culpa es mía por fijarme en ti en primera instancia, en arriesgar mi matrimonio por algunos minutos de sexo y varias horas de, de, de lo que ahora me doy cuenta, no es más que lástima.
-Lástima- dije -¿lástima?, pero si tu mismo me dijiste tantas veces que sólo podías conversar conmigo, que es increíble lo bien que congeniamos, que nací para ti y que fui hecha para ti, maldita sea, ¿era mentira?, ¿todo era mentira?
-No, no lo era, simplemente ya no puede ser
-¡aaah!, o sea que decides que ya no puede ser y ¿eso es todo?, ¿quieres que desapareeezca de tu vida como si nada?, ¿quién te crees que eres? Eres un infeliiiz, eso es lo que eres, un infeliz mentiroso y yo, yo hice todo mal, como siempre, error tras error. Cómo pude aceptar esto, cómo pude aceptar seguir contigo luego de que te casaste, nunca me había sentido tan estúpida, es que está embarazaaada me dijiste, TENGO QUE casarme con ella, ¿tienes qué?, te pregunté, nadie TIENE QUE hacer algo por todos los cielos. La amabas, más que a mí, y a mi me conoces desde siempre, o tampoco eso te importa. AHORA vienes a decirme que no me necesitas, que puedes vivir sin mí- cada vez gritaba más, y sólo cuando llegué a este punto me di cuenta que ya no podía controlar mis gritos, así que me callé la boca y me levanté del suelo, para sentarme en la cama, donde él, en algún momento de mi frenesí, se había sentado.
-También es difícil para mí- murmuró -tuve que haberte dejado de lado y borrarte de mi vida hace ya mucho tiempo, pero sigo aquí contigo, tal vez por empatía, talvez porque eres la única amiga de verdad que he tenido en toda mi vida; y sí, estuve contigo mucho antes de conocer a mi esposa, y de tener a mi hijo, mucho antes de terminar la secundaria incluso. Siempre estabas ahí para mí, escuchándome cuando estaba triste y riéndote cuando yo estaba alegre. Contigo fue la primera mujer con la que me acosté y talvez la mejor mujer con la que he tenido sexo, pero lo que fue amor al principio… ya fue.
-Ya fue- repetí maquinalmente.
-Perdóname- me dijo.
-Pero podemos seguir- dije yo, dulcemente, mientras me secaba la cara con las sábanas -podemos seguir juntos, yo no te estorbaré en nada, seguiremos como hasta ahora, escondidos, sabes que soy una buena mujer y la amiga que tú necesitas. Por favor. Tu esposa no tiene porqué enterarse- sentí en mi rostro una estúpida sonrisa, una sonrisa de complicidad, una sonrisa que buscaba transmitir lo que él había visto; lástima.
-Mi esposa ya lo sabe, y también mi hijo…- confesó.
-…y también tu hijo- volví a repetir tontamente, buscando entender cómo les podía haber contado.
-…ellos entienden, pero me dijeron que tengo que alejarme de ti, o ellos se alejarán de mí, y yo no quiero perderlos, me han dado la felicidad que siempre busqué y no estoy dispuesto a perderlos por nada en este mundo.
Me empecé a sentir descompuesta, me sentía como una imbécil, empecé a recordar, absurdamente, la primera vez que lo había visto, sentado a la hora del receso con un libro en la mano y leyendo a Cortazar. ¿Qué lees?, le pregunté. Me miró de los pies a la cabeza; siempre me he considerado una mujer hermosa, pero creo que lo que lo impactó fue que una mujer de mi edad se fijara en él, que era un jovencito. Eeeh, aaa Julio Cortazar, ¿lo ha leído? Se veía tan inteligente que me encantó Sí, pero no me trates de usted, que me haces sentir como una vieja, y apenas debo ser unos cinco años mayor que tú. Me miró de nuevo y sentí el deseo en su mirada. Tengo dieciocho dijo, y yo contaba veinticuatro en ese entonces. No sé cómo empezamos a tener sexo, pero…
-Eres lo mejor que apareció en mi vida- le dije volviendo a la realidad.
-Y tú has sido lo mejor en mi vida, créeme que me duele, me duele tanto o más que a ti. Pero ya no podemos seguir con esto- lo sentí dolido, pero eso no aplacó mi dolor, por el contrario, me sentí peor.
-Pero es que yo te amo- alegué, como si pudiera servir para algo, y el alegato fue acompañado por lágrimas, que otra vez volvían a correr por mi rostro. –Te amo tanto que no puedo pensarte lejos de mí.
-¿Recuerdas cuando nos conocimos?- soltó como leyéndome la mente -yo leía y tú apareciste de la nada para preguntarme nada más qué hacía, me gustaste mucho, muchísimo, luego vinieron los besos, y luego, ya sabes… me hubiera gustado haberme casado contigo, pero eso no podía hacerlo, mis padres no entendieron.
-O sea que ellos también sabían de nosotros, de lo que me vengo a enterar a estas alturas- dije, recordando cuando le propuse que nos casáramos, que huyéramos de todo y que nos olvidemos de nuestras diferencias de edades, de su familia y de todo, de todo.
-Sí, lo sabían, y supieron también que yo quería casarme contigo, pero no.
Para este entonces había vuelto a acostarse en la cama, ahí todo desnudo, con su pene ladeado ligeramente hacia la derecha, lo desee, aunque fuera una última vez, la despedida, sí un beso de despedida, pero un beso de nuestros cuerpos, sentirlo de nuevo, sentir cómo se tensan sus músculos, aunque sea una vez más, al terminar dentro de mi. Me coloqué sobre él y con mi mano me introduje su pene y empecé a moverme. Tal como a él le gusta, y tal como a mí me gusta, moviendo mis caderas describiendo un círculo, y pegándome mucho a su entrepierna, por última vez.
-Tal y como a ti te gusta- susurré.
-Tal y como nos gusta- dijo.
Era hermoso, y ahora quería menos que antes que se fuera, no podía entenderlo, no quería entenderlo, sentía su amor en cada movimiento, en su manera de acariciarme los pechos, me besaba los costados, besaba mis axilas, luego se erguía sobre mí y me veía directamente a los ojos, como queriendo perpetuarme en su pupila, grabarse cada movimiento. Finalmente terminó, terminó dentro de mí y rogué quedarme embarazada, le pedí a un dios inexistente que me embarazara, para tenerlo al menos así, para nombrar a mi hijo con su nombre, para yo también perpetuarlo.
En ese momento se abrió la puerta y entró su esposa; se quedó estupefacta.
-¿Por qué estás desnudo?- preguntó
-Yo, yo me estaba despidiendo mi amor, perdóname- dijo con tristeza.
-Está bien, lindo; vístete -dijo ella -prometiste que sería la última vez, por favor. Las medicinas empiezan a hacer efecto, pero el doctor dijo que si sigues dejándote llevar, esto nunca acabará.
Ella se acercó y se sentó junto a él, y se sentó sobre mí, atravesando mi incorporeidad y desvaneciendo de a poco todo lo que había sido hasta ese día, los besos, el amor, la amistad, mi cuerpo y mis lágrimas.
-Te amo- dije -nunca dejaré de hacerlo, gracias por tenerme contigo todo este tiempo. Nunca te olvidaré.
-Yo también te amo- dijo él, mirando a su esposa y mirándome a mí.

Entonces entendí, que jamás volvería a verlo.

3 comentarios:

Kodama San dijo...

chuta, q foco, y mi imaginación si que funciona con tu cuento, a los tiempos escribes, qué bueno volver a leerte!

Me ha gustado el cuento.

Saludos!!

muller28 dijo...

excelente historia!!! pero nose como el final le falto algo? se me hace muy increible la reaccion de la esposa!!! pero en fin cuento,, jajaja
saludos
AC

Ms. Davis dijo...

notable, sabes que adoro como escribes, pero esta vez si que me llegaste al alma, es que tengo una fasinacion con los problemas, mentales, sanamente hablando claro, te a quedado estupendo, si te pedir8ia un poco mas de detalle al final, dios, tiene ese sabir de alucionacion producto a lña ezquisofrenia, pero es muy ambiguo,me gusta dorian, me gusta XD