lunes, mayo 18, 2009

SINESTESIA

Empecé a asustarme cuando el cinco habló, lo estaba escribiendo y en vez de quedarse quieto ahí, como siempre, donde lo había dejado, empezó a moverse de una manera extraña: vibraba, saltaba y jugaba dando botes alrededor del uno; era un número cincuenta y uno perfecto hasta que al cinco le dio por bailar, sin embargo el numerito montado por el numerito, valga el juego de palabras, me hacía mucha gracia y hasta me ponía de buen humor incluso podría pensar que empecé a sentir empatía por él, ahí todo regordete sacando orgullosamente la panza me alegraba un poco el día. Ahora que, aceptando, a mis más de setenta y más, que los números no bailan, ni se retuercen, ni buscan caerles bien a nadie, hay que decir que me sentía bastante tonto moviendo mi lápiz al son de la música inexistente que marcaba el paso de mi nuevo amigo; evidentemente no se lo dije a nadie, ni a mi hijo que, acercándose como todas las tardes a ver cómo yo declaraba impuestos que ya no debía declarar, me preguntó el porqué de tanta alegría, solamente recuerdo cosas, hijo, le dije, y aunque se marchó mirándome extrañado, dejó el tema así. Cosa que yo no pude hacer.

Los números empezaron a desdibujarse frente a mí extrañamente, aquella tarde fueron los impuestos, pero luego también mi código de seguro social. En la cola de siempre, mientras esperaba la contribución del estado para mi persona, detrás de muchos, más ancianos que yo, la larga fila de caracteres que formaban mi trece cero nueve noventaicinco siete tres seis uno, se semejaba tanto y tenía para mí más valor aún que las carnes secas que tenían un turno para recoger su bono. Debo admitir que tuve un poco de miedo al ver a cada número tomar una postura ideológica acerca del dinero que recibíamos los ancianos, para mi suerte el cinco estaba ahí hablándome en su muy particular idioma de movimientos de cadera, contándome que todos los de su clase eran así, como los seres humanos, cada uno con su propia manera de pensar y de actuar, bastante resumida en un sistema decimal. Entonces me puse a analizarlos a todos, el dos era bastante retraído, y la cola avanzaba en el camino para cobrar mi plata, el seis súper bonachón, y una anciana se aburría y me cedía el puesto de mala gana, el cero un poco paranoico, pero el que más me llamó la atención fue el uno, porque su carácter era diferente al de los demás, era como el cinco, pero al revés, era malo, lo podía sentir, era muy malo. Aunque el uno me asustaba sobremanera, lo cual comenté con mi amigo cinco, lo nombré dos veces en la ventanilla que me recibía y pareció indiferente a que yo lo usara para cobrar mi dinero, que no me hacía ni más rico ni más pobre, pero qué más iba a hacer yo toda la mañana.

Las cosas no iban mal, aunque había empezado a darme más cuenta de muchas cosas que antes no percibía bien; por ejemplo, antes de cruzar la calle, veía el semáforo y el color rojo me gritaba detente no cruces con una voz autoritaria, y el verde me decía pasa tranquilo, y no era algo mental, porque de verdad tenían voces, los colores me decían qué querían, claro que tampoco es que escuchara muy bien, había perdido un poco el oído, pero sí escuchaba, ¡sí los escuchaba!, y entonces me descubría gritando en el medio de la sala, en casa de mi hijo mientras él intercambiaba miradas con su esposa, y eran miradas de preocupación, se preocupaban por mí, pero yo no me preocupaba por mí… me preocupaba por cinco, que…

-…el cinco está preocupado, nunca pensé que la senilidad llegara tan pronto, ni tan brutalmente, dios… y si es hereditaria, estoy frito.
-No creo que sea algo por lo que debas preocuparte ahora, querido.
-Puta madre, cómo no voy a preocuparme… lo que deba preocuparme, lo que deba preocuparme es también tu asunto, ¿no viste cómo el viejo estaba revisando sus putos estados de cuenta y sus impuestos de hace más de treinta años?, ¿qué no comprendes nada?
-Bueno, sólo quería que volvieras a la cama, no tienes porqué ponerte así.
-¿Es que de verdad no entiendes nada?, no te das cuenta de que…

¿De qué manera fui a parar ahí?, estaba dormido abrazando el boleto de lotería que terminaba en cinco y comenzaba en cinco y de repente estaba acá, cerca del umbral de la puerta escuchando cómo mi hijo gritaba en silencio, si es que eso se puede, y movía los brazos como desaforado, yo me asusté, me asusté mucho porque entonces comprobé cuán cierto era lo que los números me decían. Así que volví sobre mis pasos y me acosté nuevamente esperando nada más el siguiente día, con los ojos bien abiertos tal y como me lo aconsejaron y con las lágrimas contenidas por un boleto que nunca ganaría nada.

El otro día con sus buenos días papá, yo con mis cuentas y mi hijo queriendo saber cada vez el porqué de mi interés por las viejas facturas, los números bailando frente a mí y el uno cada vez más violento, perseguía a cinco por una extraña razón y mi amigo rehuía su compañía; yo trataba siempre de ponerlos separados, aunque a veces las cuentas me obligaban a tenerlos juntos. Deja esas cuentas papá y cinco confesándome su amor por seis, mi buena voluntad de dejarlos solos una tarde en un sesenta y cinco perfecto, sobre una hoja de papel como una cama para ellos, ningún número más antes o después, sólo ellos. Y esa caminata que me hizo ver más de lo que yo quería.

El hombrecito verde del semáforo saltando de su trono arriba de nuestras cabezas y caminando conmigo mientras me contaba del smog y del tránsito, y su pequeño tumor en el pulmón derecho, esas ganas de retirarse e ir a vivir a las montañas con la mujercita roja que trabajaba con él, yo nunca supe que el rojo era una mujer le dije, sus sueños de tener niños del color del arcoíris y mis lágrimas saliendo sin control, mi boca confesándole más de lo que debía; mi mujer era lo que yo más amaba, si hubiese tenido los recursos suficientes jamás hubiera muerto, pero sí los tenía, un imperio gigantesco construido desde que tenía memoria, pero nunca alcanzaba el dinero, mi hijo diciéndome que la muerte en su estado era inevitable, que no debería dilapidar toda mi fortuna tratando de salvar lo insalvable, pero sí era evitable, sí era salvable, el doctor me lo dijo, sólo hacían falta varios tratamientos más, tratamientos que pude haber pagado pero no pude, y ¿porqué no pudiste? me preguntó el hombrecillo verde; pues nunca lo supe, simplemente se me acabó el dinero y con él la vida de mi esposa.

Regresé a casa, más triste y más solo que nunca, caminé hacia mi silla y hacia mis cuentas y hacia mi amigo que a estas alturas habría disfrutado todo lo que a mí me fue negado. La gran mancha de tinta roja sobre el papel me sobresaltó, cinco estaba salpicado y lloraba en una esquina y seis… seis estaba, estaba muerta. Uno lo hizo, fue lo único que alcanzó a decir cinco. Entonces agarré cada cuenta donde encontré a uno riéndose, y con una indignación desbocada y con la única venganza que tendría sobre la muerte, empecé a gritar ¡Tú la mataste! Mientras tachaba todos los unos ¡Tú la mataste! Mientras veía a mi hijo entrar a la sala y taparme la boca ¡cállate, maldito viejo!, ¡cállate!, ¡la mataste!, y escucharlo marcar un teléfono sabiendo que era la oportunidad que había esperado tanto tiempo, ¡Tú la mataste!, y ver llegar al lechero que me metía luego en un camión acolchado. Y entonces la certeza absoluta de haber tenido el dinero para salvar a mi esposa y el único hijo que tuve, que ya jamás sería mi hijo de nuevo, sonriendo, el uno sonriendo mientras el camión de la leche me llevaba lejos del miedo absurdo de que descubriera lo que yo había descubierto ya.

5 comentarios:

Tamia dijo...

fue tierno lo de los números, necesitaba un descansito antes de seguir estudiando, ahora seguiré con esa babosada... saludosssss bakan que sigas subiendo tus cuentos, ya se extrañaba

Anakriks dijo...

Hey, que bueno volver a leerte.

¡Que historia! Por mis ojos han desfilado números arabigos de las mas distintas tipografías tratando de acomodarse a tu descipción, y hasta dibujé el 65. Y me enterneció mucho la situación de los habitantes del semáforo...espero que vean el arcoiris.

Un gran saludo Mr. Gray

bog_art dijo...

Y nos acercamos un poco más a ese mundo lleno de colores y movimientos del que todos hemos sido parte alguna vez.. bien llevada la historia amigo Dorian.. tan bien que uno espera a seguir leyendo un poco más.. por mi parte ya estoy viendo que número es malvado para mí.. hasta ahora el 8..

El Trasgo dijo...

del putas el cuento. UNO es malo, UNO es malo, me repetí luego de leerlo.

Saludos man!

Que bueno leerte a los tiempos!

Lucho

Leticia Zárate dijo...

Guauu!! Maravilloso, me encantó!! Qué más puedo decir? Simplemente genial.

Saludos y besos.