lunes, octubre 10, 2005

El oficio de odiar.

I

-Y… ¿no te cansas de estar ahí acostado?- preguntó la dulce señora que no dejaba de visitar un solo día al pequeño- El brillo en los ojos del niño había ayudado a que ella olvidara un poco el dolor de haber perdido a su hijito; es la naturaleza humana, que te lleva a querer aplacar la vergüenza de haber sido indolente cuando debiste ser sensible, lo que le ataba al niño. La culpa puede ser un móvil muy poderoso.

- No paso todo el día aquí señora… me levanto muchas veces… generalmente para las pruebas y… y los exámenes con las luces- Dijo el jovencito, tomando las manos de aquella que había sido toda la familia que jamás había soñado. Le encantaba la manera en que lo veía a los ojos cada vez que hablaba con él, lo miraba sin miedo, sin pena y hasta cierto punto sin compasión… hacía mucho que nadie lo miraba así. Odiaba la compasión, esa mezcla de miedo, culpa y vergüenza que obligaba a la gente a tratarte bien.
Ya no recordaba cuánto hacía que llegó aquí, todos sus recuerdos los tenía dentro del hospital… y la nostalgia lo invadía con mucha frecuencia. No tenía recuerdos de algún cumpleaños junto a su familia, no recordaba alguna pelea con un hermano, no recordaba un solo día de clases, ni a un maestro violento o una profesora dulce; ningún recuerdo, bueno o malo, había quedado guardado en su memoria.

Los enfermeros trataban de evitar el contacto verbal con el niño, le tenían pena y no temían ocultárselo, muchas veces él les había preguntado sobre su pasado y aunque ellos conocieran las respuestas a todas sus preguntas no querían ser los portadores de malas noticias. Siempre buscando la protección de la mentira inventaban historias fantásticas sobre los padres del niño cuando él los acorralaba con sus dudas.
- Porqué me mienten- pensaba con regularidad el pequeño, que pese a todos los cuidados que tenían los habitantes de la clínica en hablar de él, sabía porqué estaba ahí y cuanto tiempo más se iba a quedar.

La señora dio un pequeño respingo cuando su adorado pupilo tomó sus manos y contestó certeramente.

La gente que pasa toda su vida en un encierro tiende a ser más perspicaz que el común de los mortales y eso le asustaba un poco a la señora; cada vez que entablaban una conversación por lo general se alargaba hasta altas horas de la madrugada.
-Tengo suerte- les comentaba la señora a los doctores y enfermeros de la clínica- él nunca me ha preguntado algo sobre su estadía aquí, lo cual me alivia mucho, pues no sabría que contestarle.

Pero ese día fue diferente. El niño vio directamente a los ojos, enmarcados por lentes, de la adorable señora; eran unos ojos profundos, dolidos y muy dulces, llenos de un amor guardado por muchos años. Era una señora gordita de esas que ilustran los libros de cuentos infantiles, con las mejillas rojas y los labios finos, con las manos grandes y la sonrisa amplia. Sus largos vestidos de señora de oficina quedaron atrás el día en que murió su hijo, dando paso a los vestidos negros el primer año y a los floreados en la actualidad.
Lo extrañaba todos los días aunque la pena era menos cuando estaba junto a su pequeño amigo. Nadie puede reemplazar a un hijo.
-¿Porqué estoy aquí?- le pregunto el pequeño- Él quería que alguien le dijera la verdad, la conocía; pero Él quería saber la verdad de la boca de su amiga por sobre todas las cosas.
Y era lógico, las cuatro paredes que apresaban su espíritu lo habían hecho odiar a todo el mundo exterior, no conocía nada ni a nadie antes de la señora, solo conocía el odio; y todo lo que lo rodeaba en su pequeño mundo era analizado con una mirada de desprecio. Él sabía para qué había nacido, para odiar a todo el mundo y se sabía un erudito en la materia.
Nunca aprendió a leer, en un hospital público nadie se interesa por nadie más que por si mismo, así que nunca tuvo un tutor o un profesor; pero sabía hablar, y hablaba de lo que él veía y conocía, no temía callarse nada porque no conocía la vergüenza o la prudencia. Por esto los doctores y enfermeros le temían, todos tenían algo que ocultar y nadie quería que el pequeño niño se enterara. Naturalmente ninguna aversión nace o crece del aire, el niño tenía sus antecedentes de poca moral; entendiéndose por moral el miedo al que dirán. Cierto día él escucho por casualidad al director de la institución hablar con una de las enfermeras, él no sabía a que se refería ella cuando le decía al profesional de la medicina: ahora dámelo por atrás, tampoco sabía que significaba la palabra divorcio, lo que sí sabía, obviamente porque lo había escuchado, era que el doctor vivía con una señora por más de treinta años y que la enfermera no era la señora. Él sabía que estaba mal y odió al doctor por eso, al siguiente día supo como sacar provecho de lo escuchado, le contó a la enfermera todo lo que había oído y le dijo que robara más de esas pastillas para el dolor que tomaba diariamente o todos en esa ala se iban a enterar. El dolor siempre era muy grande y las pastillas que hacían que se fuera siempre eran muy pocas. Cierto es que al final el infiel fue descubierto y expulsado del hospital por intimar mucho con las enfermeras del lugar; pero eso no cambió ni disminuyó el odio del niño hacia la naturaleza humana.
-¿Porqué no me responde, señora? ¿Tiene miedo?- le presionó.
- Eeeeh… no tengo miedo, porque lo preguntas.
- Que ¿Por qué tiene miedo?- Bueno, todos en este hospital temen responder mis preguntas, y no los culpo, saben que les puedo hacer daño, sé muchas cosas de ellos. Por las noches me levanto de mi cama y me saco los tubos de la nariz para ir a escucharlos, ellos me han visto, pero no dicen nada porque temen que yo hable de sus cosas.
El miedo y el odio son los sentimientos más poderosos que hay en la vida señora; he visto que el miedo a Dios lleva a la gente a meterse en eso que se llama religión y el miedo al que dirán hace que la gente no haga cosas malas, bueno, por lo menos que no las hagan a la vista de todo el mundo. Yo no le tengo miedo a ese Dios y tampoco a la gente.
- Mmmm… no hables así- dijo la señora- sabes que no me gusta que odies.
- Pero es tan fácil- dijo el pequeño- Yo sé que todos lo hacen, pero también sé que soy el único que lo dice. Todos mienten señora por eso más que nada les odio, el señor que maneja esos papeles con los que compran cosas, se los queda y nunca le dice a nadie. El chico que limpia los pasillos, todas las noches le gusta tocar a las niñas dormidas y hay mucha gente que lo sabe y no dice nada.
- ¿Cómo tú?- Contraatacó la señora.
- A mi no me interesan sus vidas, solo me interesa mi vida y solo me importa tener lo que pueda tener para hacerla menos dolorosa, por eso no le cuento a nadie, solo a UD., que así como todas las veces que le cuento de más, va a ir y hablarle al director sobre todo lo que le digo.
- ¿Qué quieres que haga?- dijo la señora – lo que me cuentas es muy grave y no me puedo callar como tu.
-Si, la comprendo- dijo el niño- es UD. muy buena, y demasiado correcta. -¿Sabe que la quiero mucho?
-Si, lo sé hijo, lo sé- yo también te quiero.
La señora se levantó, se despidió del niño besándolo suavemente en la frente y se dispuso a irse cuando sintió una pequeña manito sujetando el bies en su vestido. Volteó la cabeza y vio unos enormes ojos llenos de una súplica: quédate un rato más.
-Ya es muy tarde- se lastimó la señora- tengo que dormir y tu también.
-No se vaya por favor, aún no responde mi pregunta- le recordó el niño.
-¿Cuál pregunta?
-¿Porqué estoy aquí?- Insistió el pequeño, esta vez, con esa tozudez que solo tienen los niños.
La señora entró en pánico, había temido que llegara este momento desde que le conoció.

II

-No me pasen llamadas dentro de las próximas 3 horas- dijo la señora, muy gordita para ser bonita, pero muy flaca para parecer una madre- esta reunión definirá si todos Uds. conservarán su trabajo el próximo mes.
-¡Bruja!- La palabra fue apenas audible, pero, cómo pesan las palabras cuando están cargadas de tanto desprecio, se escuchan entre una multitud y se distingue la voz entre millones de gritos.
-Bueno, bueno- Dijo la señora- Alguien se quedó sin trabajo desde hoy. Caminó hasta el último cubículo de la oficina, mientras el resto de los trabajadores seguían inclinados en sus trabajos, y miró al ocupante del mismo. Una joven de ojos almendrados y largo cabello rubio le devolvió la mirada, estaba asustada, pero convencida de que lo que lo que había dicho era cierto. Esa señora era una bruja. ¿Cómo no iba a serlo? Se corrían los rumores de que tenía un hijo muy enfermo y que no le importaba siquiera un poco su estado, ella nunca salía de la oficina. ¿Era casada? Eso a nadie le importaba, seguro su marido fue un hombre inteligente y le abandonó mientras pudo.
-¿Bruja, cierto?- preguntó dirigiéndose a la hermosa joven; era del tipo de chicas que ella odiaba: grandes pechos que solo gritaban que querían ser tocados, ojos de niña de 5 años, una blusa transparente y escotada, largo cabello rubio y una boca que seguramente solo pedía sexo – tome sus cosas y lárguese de inmediato.

Me salió barata, pensó la rubia. Pero no me iré sin decirle lo que se merece, claro que no.
- ¡Pues sí-dijo la joven!- ¡¡UD. es una bruja!! No debería estar orgullosa de tener este puto trabajo, ni de cagarse en su dinero, sino de ser una buena madre y estar con su hijo. Algún día se arrepentirá, y se acordará de mi, ¡¡vieja bruja!!
Ahora volveré a mis estudios y llegaré a ser una doctora, pensó con orgullo, la próxima vez que la viera estaría metida en su blanco uniforme parada frente a ella y la señora estaría muriéndose en una cama de su hospital.
La señora tomó aire, la miró y sonrió pensando en el futuro de esa pobre diabla, ¿qué haría?, ¡por Dios!, ella no sabrá que hacer de su vida, a estas alturas ya debería estar graduada de lo que fuera, y hasta ahora ella no sabía que estudiara ni para secretaria, le había hecho un favor contratándola y ahora estaba arrepentida y furiosa, pero también sabía que no podía mostrar debilidad frente a sus subalternos. Esa mocosa era nadie… y una persona que era nadie no tenía derecho a tratarla así.
Se acercó a la jovencita la miró de frente y mientras sonreía la golpeó con el envés de su mano con una violencia tal que el frágil cuerpo de la rubia recorrió todo su escritorio hasta aterrizar con un golpe seco al lado del tacho de los papeles. Le sangraba la nariz profusamente y le gritó a la señora que se muriera y que la iba a demandar. La señora dio media vuelta y ordenó al guardia de la oficina que se la llevara, que luego le enviarían sus tres pertenencias.
-Mi hijo tiene los mejores cuidados que se pueden pagar en este país- dijo, para concluir- cuidados que una mujer tan vulgar y simple como tú no podría pagar ni en sus sueños; entró a su oficina y esperó hasta que sus accionistas llegaran para comenzar la reunión pensando en sacar a su hijo del hospital público en el que siempre había estado.

Una hora después de estar sentada en su oficina conversando sobre el futuro de su compañía, entró la llamada que cambió su vida de ahí en adelante; la llamada avisaba que su hijo había muerto inexplicablemente, que era verdad que su estado era delicado, pero supuestamente estaría bien durante algunos años más, -el cuerpo humano es indescifrable- dijo el doctor que la llamó.
Al llegar al hospital al ala de los enfermos de cáncer encontró la cama de su pequeño vacía, los ojos se le llenaron de lágrimas y no pudo contener un grito de impotencia y desesperación al ver una foto de ella sobre su mesita de noche, él la amaba y ella lo había abandonado durante muchos años buscando alongar su vida pagando siempre lo mejor para él; que doloroso debe ser perder un hijo y más doloroso aún debe ser perder a un hijo que casi no conocías. La señora lloraba desconsoladamente, su pequeño hijito había pasado desde su nacimiento en un hospital de mala muerte, siempre era primero su dinero, sus cirugías, su búsqueda de poder y su vida, que él. Ahora ya no estaba ahí, ahora ya nada de lo que hiciera o pagara lo haría volver. Tomó su propia foto entre sus manos y la arrojó contra la pared, la foto se estrelló contra el muro y se hizo añicos mientras la señora la veía destrozarse y con ella todo lo que había sido hasta entonces. Y fue en ese momento cuando lo vio; parado frente al marco de la puerta con unos ojos muy grandes y negros estaba un niño que aparentaba tener la edad de su hijo, no tenían nada en común físicamente pero era la misma mirada triste contrastada con una media sonrisa. Se lo veía muy delgado y cansado, vestía un gorrito de lana que seguramente protegía su cabeza, sin cabellos ahora, un pantalón verde y una camiseta de bugs bunny jugando baloncesto que le hizo recordar a su propio hijo. Su ternura le alegró el corazón y no pudo hacer más que seguir llorando.
-¿Por qué llora señora?- fue lo primero que escucho del que ahora era su amigo y compañía.
Ella lo vio un momento, pero su pena era inclemente.

III

-¿Porqué estoy aquí?- Volvió a insistir el pequeño.
- Mira mi amor- dijo ella- no quiero mentirte, quiero serte tan sincera como tú lo has sido conmigo al ofrecerme tu amistad. Hace algunos años, nueve exactamente, tuve un hijo al que interné en este mismo hospital, él nació con cáncer igual que tú. Cuando yo llegué con él tú ya estabas aquí, los enfermeros y los doctores me contaron que tuvieron a una señora internada mucho tiempo, ella estaba enferma también y embarazada de ti además.
Murió cuando naciste y heredaste su misma condición.
Hace poco más de un año recibí una llamada del hospital y me dijeron que mi hijo había muerto, fue entonces cuando nos conocimos, no sé si lo recuerdes pero yo era la señora que lanzó la fotografía contra la pared ese día que llegué y encontré la cama de mi hijo vacía.

El niño hizo lo que pudo por no llorar, pero sus ojos se anegaron de inmediato en lágrimas y abrazó a la señora tan fuerte como pudo diciendo que le amaba por ser tan sincera con él, pensó en no odiar nunca más a nadie, el mundo no podía ser tan malo si en él existía alguien tan bueno como ella.

-¡Gracias!, ¡Mil gracias!- dijo el pequeño- Nunca nadie había sido tan sincero conmigo, ni tan bueno. Yo también debo decirle un secreto que los enfermeros han sabido guardar bien, pues UD no se ha enterado. Yo conocí a su hijo hace muchos años, y fuimos amigos hasta el día en que murió.
La señora no daba crédito a sus oídos mientras miraba la cara de alegría en su amiguito.
-El día en que la conocí estuve toda esa tarde mirando la cama de mi amigo- prosiguió- hasta que la vi llegar, yo sabía que UD era su madre, pues la foto que lanzó a la pared, él la atesoraba mucho. Siempre me hablaba de esa señora que se llamaba mamá y me encantaba oírlo; aunque nunca la vi, aprendí a entender por qué mi amigo le amaba tanto, él pensaba que si se aferraba con gran fuerza a algo aquí en la tierra ese tal Dios no tendría por qué llevárselo, y él tenía razón en parte, es cierto; ese al que le llaman Dios entiende esa lógica, pero solo cuando ese amor y esa forma de aferrarse viene de ambas partes. Él se aferraba a UD tal y como yo lo hago ahora, pero UD nunca lo venía a visitar y por eso se murió.

La señora empezó a llorar dolorosamente, sabiendo que su amiguito, que su nuevo hijo tenía la razón -Yo te amo ahora- le dijo entre sollozos- ahora Dios no tiene por qué llevarte.

-Lo sé señora, lo sé, lo supe siempre- dijo el pequeño- siempre me pregunté cómo podía hacer su hijo para que su mamá lo viniera a visitar, y lo entendí entonces. Ahora yo me aferro a UD y UD a mí; sé que ya no puedo morirme. Por eso una noche en que saqué los tubos de mi nariz para hacer mis visitas a los diferentes pabellones se me ocurrió esta idea: Si mi amigo muriera, su mamá lo extrañaría de verdad y vendría a verlo, yo estaría ahí para que ella me viera y me pondría esa camiseta que alguna vez le mandó por su cumpleaños, con un poco de suerte ella aprendería a amarme y entonces me salvaría de la muerte. Al regresar a mi cama, desconecté el oxígeno que esa noche necesitaba su hijo… y no volvió a despertar jamás. Ahora la tengo aquí conmigo, le contó el pequeño mientras sonreía.

La culpa y el terror en los ojos de la señora le atormentaron durante el resto de su vida.

Su nuevo hijo durmió tranquilo esa noche, pero alguien desconectó su oxígeno, y no volvió a despertar.

9 comentarios:

pastv dijo...

me he quedado con el sabor del odio en la boca.... ¡Muy buen cuento cuentero! No te olvides de amarrar a la musa, ya que se suelen escapar fácil... amárrala y vístela de cuero negro...
Saludos!

Fatima dijo...

Me agradó el cuento. Pero mucho odio . . .

Saludos!

diego dijo...

que dice mono soy el pana de la dolo que vomito el otro dia, te acuerdas??

el cuento esta bueno la intencion del estilo es buna pulela mas.
diego

paulette dijo...

disfrutando los cuentos, paso saludando..

Anónimo dijo...

buena trama loco.... El pensar en querer ser querido te hace hacer locuras.... El pensar en ser odiado te hace reflexionar y te hace querer hacer mejor las cosas... El amor y el odio te llevan a la locura. No se si amar es bueno o si odiar es mejor pero son sentimientos humanos y de los dos se experimentara.... Por amor he hecho huevadas y por odio tambien.
Los desfogues de locura son reacciones a hechos trascendentes. Y me remito a una frase que la oi de una hermosa amiga "Todos estamos locos sino que chiste tendria todo"
Cada loco con su tema y si con cada odio un muerto que con cada te quiero una alianza.

Mashu dijo...

Impresionante el argumento y la historia general. Felicitaciones panita, sin embargo me parece que hay un par de descripciones demasiadas detalladas de personajes que no son trascendentes (como la oficinista tetona, no entiendo mucho porque una descripción física y sicológica tan detallada de un personaje que interviene vagamente en la historia). Igual que en el cuento del gorrión, el lenguaje además un un chance barroco. Cortázar dice que cada palabra que se puede quitar, debe ser demolida, bájale el adorno loco!

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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